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EL RINCON DE DAVE.

CALIDA NIEVE

Nunca antes lo había hecho. La rutina del invierno no se presta normalmente a la diversión, al ocio por el ocio. Si además consideramos todo lo que conlleva una escapada en invierno, en mi caso era algo impensable. Así pues debieron darse un montón de coincidencias, junto con la imperiosa necesidad interior de tomarme unos días de descanso, tras haberme quedado sin vacaciones en verano, para que me decidiese a aceptar una invitación de mis amigos para pasar unos días en una de las estaciones de esquí más de moda en nuestro país.

Tras unas horas de viaje, de repente me encontraba en los Pirineos. Nieve por doquier, como un manto de camuflaje que ocultaba cualquier huella de la montaña, cualquier elemento que podría servir de referencia para la orientación, para no sentirse perdido…

La sensación que se siente, por alguien poco acostumbrado a ver otra cosa que cemento y edificios todo el día, es inenarrable.

Es como si de repente te trasladaras a un mundo inimaginable, de fantasía. Es tal la tranquilidad que se respira que parece un sueño. Todo blanco por doquier, el silencio más absoluto duele en la mente, pero tranquiliza el alma.

Por un momento pienso en la evolución. El hombre hace miles de años fue desterrado de la montaña y su belleza por las inclemencias del tiempo, por el frío y la falta de alimento. Era una época en la que sólo cabía una retirada digna para preservar la vida, una retirada hacia zonas más cálidas. Y sin embargo aquí está la venganza, el hombre convirtiendo la montaña que antaño le expulsó, en un placer, doblegándola, poniéndola a su servicio, al servicio de su ocio, descanso y diversión.

Mis amigos tienen el apartamento a pie de estación. Aún no siendo muy grande, es cómodo y la calefacción mantiene en su interior una temperatura idónea para estar en camiseta. Por las ventanas se ve la ladera de la montaña plagada de telesillas que facilitan una subida cómoda hasta su cima con los esquís o las snow boards para, una vez arriba deslizarse de nuevo hasta su base. Y así una y otra vez, quizás como una inconsciente repetición rencorosa por los viejos y malos tiempos.

Se ven pequeños grupos del ejército, diseminados que entrenan subiendo en zigzag por la ladera. La verdad es que no les envidio. Van cargados con sus mochilas y los esquis cuesta arriba y de vez en cuando alguien, se supone que un mando, les ordena parar y les alecciona.

Lo que me temía al final ocurre. Me convencen para esquiar. Un par de tablas con sus correspondientes bastones, formarán parte de mi indumentaria durante la subida, pero antes debo ponerme el equipo. La ropa es cómoda y me abrigará pase lo que pase, y lo que pasa son 7 grados bajo cero. Las gafas antiventisca apenas pesan y son llevaderas. Lo más horrible las botas. ¿Os acordáis de la Guerra de las Galaxias? ¿Los soldados malos que iban todo de blanco como en unas armaduras de plástico con unas caretas como de estreñimiento? ¿Cómo pensaban ganar ninguna guerra calzados con botas de esquiar? Son superincómodas. Un bloque de plástico que aprisiona pie-tobillo-pantorrilla imposibilitando cualquier mobilidad con ellos. Pero eso no es todo, están como inclinadas hacia adelante, por lo que te obligan a mantener una posición como de genuflexión, como si te fueras a arrodillar aunque no quieras. Me siento un pato andando, y más aún cargando con los esquís.

Con las manos ocupadas, me pregunto como haré para montarme en el telesilla, pero no hay mucho problema, pues ésta simplemente me ataca por detrás haciéndome sentar aunque no quisiera. Con la protección puesta inciamos la escalada, suavemente. La montaña va quedando por debajo de nosotros impotente para evitar nuestro vuelo hacia su cima. El paisaje es espectacular. Ya hay gente más madrugadora que nosotros deslizánsose a su antojo por el manto, hasta ahora impoluto, de nieve.

Por fin llegamos a la cima y la salida del telesilla es tan sencilla casi que cuando nos montamos. Y ahora vienen las risas y los verdaderos apuros. Me encajo los esquis en esas endemoniadas botas lo que hace que ahora cada uno de mis pies mida casi dos metros. Y sobre la nieve es complicado de controlar, pues se quieren ir cada uno para un lado. Sólo una gran fortaleza física, mucha voluntad y, sobre todo miedo al ridículo más espantoso hacen que no me caiga cada dos por tres.

Mis amigos me aleccionan sobre como manejarme. Primero debo andar de forma lateral. Todo bien salvo cuando es cuesta arriba, ahí se complican las cosas. Estamos a 7 grados bajo cero, pero tengo una sudada de aupa. Al final más o menos acabo controlando el caminar lateral con los esquís. Ahora me enseñan la famosa cuña. ¿No habéis oido hablar de la famosa cuña? Pues es algo espectacular. Imaginaros caminar zambos, es decir con las punteras de vuestro calzado apuntando hacia el interior, y eso trasladarlo llevando esquís. Es decir que la punta de los esquís deben estar juntas delante y muy semaradas detrás, añadirle que lleváis unas botas rígidas que os hacen ir echados hacia adelante y que un par de palos en las manos os impiden mantener una posición decorosa.

Me fijé bien antes de empezar que no había fotografos. Bueno, cuando la nieve más o menos estaba plana, era llevadero, pero cuando comenzamos a bajar por una pequeña y suave pista habilitada para principiantes… mis cuñas resultaban patéticas. A veces las hacía con las punteras, a veces con la parte de atrás, a veces subía y a veces bajaba. Y os aseguro que felicité numerosas veces a quienes inventaron ese efectivo sistema de esquí-bota que hace que, automáticamente cuando te caes, los esquís se suelten. Porque mi dignidad acabó por los suelos varias veces.

Se supone que saber hacer la famosa cuña sirve para frenar y para dirigir los esquís cuando bajas deslizándote, así que os podéis imaginar lo que ocurre cuando bajas sin saber hacerla. Yo me empeñaba en ir hacia un lado, pero siempre acababa en otro, comprobando con mi trasero lo mullida que, por suerte, estaba la nieve. De frenar ni hablemos. Hombre, siempre acababa frenando pero con mi dignidad por los suelos.

Era también de agradecer la concepción del traje que llevaba, que impedía, pasara lo que pasara, que me calase o que notara la humedad de la nieve. Lo más humillante de todo, resultaba mientras estaba tirado en el suelo, ver a críos de 5 ó 6 años, bajar esquiando y esquivándome a mi alrededor como si tal cosa. Los malditos hacían la cuña todo el rato, no sé muy bien si para demostrar que sabían hacerla o sólo para humillarme.

Tras intentarlo varias veces en esta pequeña y suave pista en la que, para remontar utilizabamos una percha que nos enganchaba y nos subía de nuevo esquiando, decidimos, puesto que somos de Bilbao, lanzarnos por una pista ya más grande. Desde arriba la verdad es que era muy grande y empinada. Yo lo intentaba, lo juro, me tiraba en zigzag, pero me fallaban dos cosas: el giro y la frenada, o sea la cuña.

Estaba agotado, con una sudada encima increible, y a mitad de pista. Ya no había marcha atrás. No podía subir hacia arriba para coger el telesilla de bajada, y seguir bajando era un suicidio, al menos con los esquis en mis pies. Incluso se me pasó por la cabeza dejarme caer rodando.

Al final se impuso el sentido común, y bajé andando, con nieve hasta la rodilla, el tramo más empinado. Ya con menos cuesta, me embutí de nuevo los esquís. La pista era estrecha y todos pasábamos por allí con más o menos arte. Descubrí que con pequeños movimientos podía dirigir el deslizamiento hacia uno u otro lado. En cuanto a la frenada dejé que fueran los demás quienes al verme, decidiran libremente sobre su futuro, apartándose cautelosamente.

Sólo cuando ví aun grupo de la guardia civil, allí en medio, probablemente entrenándose como los militares, decidí que no debía importunarles, e hice una frenada lateral con los esquís en paralelo. Me salió fenomenal. Más tarde me dijeron que ese era un paso posterior, y que se llamaba así, frenar en paralelo.

¿Y qué queréis que os diga? Eso me salió de forma instintiva, era de sentido común. Sin embargo sigo preguntándome a quien se le ocurrió esa barbaridad de poner los esquis en cuña para frenar o para girar. ¿Nadie se ha dado cuenta aún de que esa es la mejor manera de acabar en el suelo?

En fin. La experiencia es única y os la recomiendo (con o sin cuña). A quienes sabéis esquiar y lo hacéis regularmente, no os puedo aportar nada nuevo. A quienes nunca lo habéis hecho, merece la pena probarlo alguna vez. Las sensaciones son únicas, es divertido, y el ejercicio que se hace es mucho y llevadero. El tiempo se pasa volando. Yo, desde que empecé, hasta que me senté aún embutido en el traje de nieve, en una terraza a pie de pista, a tomarme una cerveza bien fría, pasaron dos horas y media. Perdí al menos dos kilos, e incrementé mi capacidad pulmonar en al menos dos litros.

Esos días fumé menos de la mitad de lo que habitualmente solía fumar. Comí y viví sano y tras la sesión de esquí y las caminatas por la nieve, soplando la ventisca, me sentí otra persona. Hacía mucho que no sentía la nieve bajo mis pies, ni cayendo suavemente sobre mi cabeza. Recuperé fuerzas y regresé a Bilbao viendo la vida de otra manera. Atrás quedaba la montaña, eterna como la nieve que la cubría. Su tranquilidad impoluta sólo rota por el hombre deslizándose por su espalda una y otra vez, como demostrando su superioridad, su dominio sobre las inclemencias y sobre el tiempo.

Os aseguro que es una experiencia que pienso repetir.

PD.: Para quienes queráis iniciaros, os recuerdo que en las estaciones de esquí, aparte de hoteles y apartamentos, existen lugares en los que alquilar desde la ropa adecuada, hasta las botas y esquís. Os animo a subir y a probar, y si os gusta, pues vosotr@s mism@s.

BILBAO, 22 de febrero de 2002

La montaña y en medio la estación de esquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El telesilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el complejo, durante una ventisca

 


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