| SONATA PARA SOM |
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Serían aún las 10 de la mañana. Un fuerte dolor de cabeza me impedía abrir los ojos y aquel estruendoso chirrido continuaba penetrando por todos mis poros. Haciendo un esfuerzo supremo logré erguirme sobre la cama. La cabeza me daba vueltas y aquel maldito teléfono no dejaba de sonar al fondo de la casa. La noche había sido dura y los restos de la batalla aún estaban esparcidos por el salón principal. Dos botellas de burbon reposaban su último sueño en el suelo y las copas seguían, ya aguadas, sobre la mesa. Ella ya no estaba. No recordaba si se había marchado ni cuando, pero era evidente que allí no estaba. Tampoco recordaba quien era, pero en estos momentos tampoco importaba Descolgué el teléfono inalámbrico sólo para que dejara de sonar. Con él en la mano me dirigí a la cocina, y mientras me preparaba un blody mari, al fin pude hablar. Era Somni, algo le pasaba, nunca le había visto tan nervioso. Tenía miedo, y no dejaba de repetir que debíamos adelantar nuestro habitual partido de tenis previsto para la tarde. No me lo dijo, pero por la voz estaba claro que temía que alguien le oyera. Lo del partido era sólo una excusa para vernos... Así pues, no me quedó mas remedio que aceptar. Jugaríamos a la 1.00; la cancha ya estaba reservada. Sólo cuando accedí se quedo más tranquilo. Me tomé el blody marie mientras miraba por los ventanales de la mansión. Situada en un paraje privilegiado, la vista era extraordinaria, algo que me alegraba mirar sintiéndome dueño de la gran ciudad. Tras el gran jardín que precedía a la entrada, se veía Bilbao, en un falso reposo producido por la distancia. Ya estarían llenas sus calles, los coches poblaban sus avenidas. Aunque desde aquí no se distinguían ni se oían sus motores, un murmullo sordo así lo confirmaba. Una día más la jungla se había despertado y emitía su sonido gutural dispuesta a devorarnos. Me duché y tras secarme, con la parsimonia que requería una gran resaca, me dirigí al vestidor. Este era uno de los momentos más satisfactorios de cada mañana. El momento de elegir cada uno de los elementos que llevaría durante la mayor parte del día. Elegí un traje ligero, de color claro. Un cinturón negro pegaba bien, camisa azul, de seda naturalmente. Elegí un longines de acero que los suizos vendían como si fuera oro, pero era discreto y elegante Los zapatos unos mocasines blancos. Y cómo no, mi sombrero panamá Un poco de perfume... y otra vez dispuesto a comerme el mundo Bajé a la planta baja y tras coger la bolsa de deporte, me dirigí a los garages El Lamborgini azul iría bien De nuevo en la carretera Las curvas se sucedían bajando la colina pero no había miedo.. el coche respondía a cada uno de mis pensamientos siguiendo la orografía del terreno El aparcamiento del Club de Campo estaba casi vacío. Media docena de coches desperdigados no variaban esa sensación.
Me dirigí al edifico principal y allí a la cafetería. Aún era pronto y la jaqueca perduraba. Un café me sentaría bien. Me dirigí a la barra cuando alguien me llamo. En una mesa, sentada, estaba Igone. Exuberante como siempre, seductora Ahora que todo el mundo se teñía de rubio, ella había abandonado el color platino, por un moreno liso que realzaba sus grandes ojos, pícaros, seductores, de azabache No podría evitarla así que me dirigí a su mesa. Imperceptiblemente cerró su bolso dejándolo en el suelo. -¿Mac? ¿Como tú por aquí? me dijo mientras nos dábamos dos besos. -Ya sabes, la salud, hay que cuidarse, hacer un poco de deporte. Nos hacemos mayores -Tu nunca te harás mayor Mac. Y ponía una cara pícara y seductora La sonreí. Conocía a Igone desde los vierjos tiempos, cuando por las noches, embutidos en nuestras chamarras de cuero, cerrábamos los pubs más escondidos de la noche bilbaína. Luego, un apuesto barman se interpuso entre los dos, y herida mi diginidad no me costó mucho abandonar el campo al enemigo Nunca he peleado por una mujer indecisa Siempre le había ido bien. De buena familia, se casó con un industrial de Lekeitio al que no llegué a conocer. Siempre supo elegir lo que más le convenía en cada momento. -¿Y tú, estas aquí con tu marido? Su semblante cambió -No, él se ha quedado en casa He venido sola. Ya sabes, a nadar un poco en la piscina y luego a tomar el sol sobre la hierba. Mentía como una bellaca, ¿pero en qué y por qué? ¿Quizás un amante? No podía saberlo y ella no me lo iba a decir. De todos modos a quién le importaba No había ido hasta allí para entrometerme en sus líos amorosos Así que me tomé el último trago de café de un sorbo e hice amago de levantarme mientras que me despedía
-Espera un poco ¿No me vas a decir cómo te va la vida? -No hay mucho que contar. Sigo siendo un diletante Voy de aquí para allá, hago lo que me gusta Nada especial -¿Y de amores? ¿Estás con alguien? Sonreí. -Sí. Siempre que puedo procuro estar con alguien. La risa le salió expontánea, seguía entendiéndome a la primera. Por un momento, una chispa intensa iluminó sus ojos. Reminiscencias quizás de otros tiempos Con un beso, nos despedimos. Me dirigí hacia los vestuarios. Fidel, el encargado, como siempre tan servicial, me ofreció toallas limpias -Buenos días Comandante Macintosh. Es un placer verle de nuevo. -Gracias Fidel, también me alegro de verte. Aunque era tarde, Somni no había aparecido, así que seguramente estaría ya en la cancha. Me cambié todo lo deprisa que pude, y ya con camiseta y short fuí hacia las pistas cubiertas. No sabía en cual estaría Som. En la primera, desde luego que no. Aparecía vacía. La atravesé con paso ligero La tierra batida, con el mucho uso, había ido desprendiendo un polvillo rojizo que a estas alturas cubría ya mis deportivas. Al final de la primera pista, descorrí el cortinón que daba acceso a la segunda, y al atravesarlo, por un momento me quedé inmobilizado En medio de la pista el cuerpo de un hombre, boca abajo, yacía en un charco de sangre Al fondo, apenas pude percibir como una figura por encima del muro atravesaba un corte en la alambrada con algo en la mano (continuará)
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