| SONATA PARA SOM (y 2) |
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Me incliné sobre el hombre. Tenía un corte superficial en la cabeza, de ahí lo aparatoso de la hemorragia. Probablemente le habían golpeado con algo contundente. Respiraba y no aparentaba tener otras lesiones. No era nada grave, salvo la jaqueca cuando se despertara. Busqué en sus bolsillos algo que me permitiera identificarlo. Se trataba de un detective privado, de la agencia Elicegui. Los conocía, trabajaban bien, eran profesionales y normalmente solo se implicaban en grandes casos. En uno de sus bolsillos una tarjeta personal de Igone de Sorozabal. Las piezas empezaban a encajar. Volví corriendo a la cafetería con la esperanza de encontrar aún en ella a Igone. De paso, en los vestuarios dije a Fidel que pidiera una ambulancia y llamara a la Ertzainza. Evidentemente Igone ya no estaba y de Somni ni rastro. Pregunté en la barra por ella, y el camarero me dijo que se acababa de ir con un hombre. + - + - + - + - + - + - + - + - + - + Somni se despertó inmóvil. No podía moverse. Todo estaba oscuro y un fuerte dolor de cabeza le producía sensación de mareo. A medida que recobraba la conciencia se dio cuenta que algo rígido inmobilizaba sus muñecas a la espalda. Probablemente cinta aislante o algo similar. Sus ojos y boca también estaban vendados por algo pegajoso. Reconoció el suelo, lleno de cachivaches, metálico. Probablemente una furgoneta. Moviéndose fue tanteando hasta que encontró algo de metal con punta, quizás un destornillador. Con paciencia fue cortando las ligaduras de sus manos hasta liberarlas. Desde luego quien había hecho aquello lo hizo improvisando. Se quitó la cinta de los ojos, de la boca y de los pies. Dentro estaba en penumbra, pero era evidente que se encontraba en una furgoneta y que ésta era utilizada para hacer reparaciones de algún tipo, dadas las herramientas y material que en ella había. Ahora recordaba haber visto una furgoneta en el aparcamiento y que le había llamado la atención por lo inusual de su presencia allí, y por encontrarse medio escondida en un rincón del aparcamiento. Una furgoneta de Conservas Sorozabal de Bermeo no era el tipo de vehículo que estaba acostumbrado a ver en el Club de Campo. Al acercarse a ella fue cuando perdió el conocimiento. Por el chichón de la cabeza, y la jaqueca que le había aparecido al despertarse, dedujo que el golpe debió ser considerable. Luego le debieron introducir allí maniatándole. Desde luego aquel no era un buen día. Primero había intentado ligarse a una morena increible en la cafetería mientras esperaba a Mac. Poco menos que le había mandado a la mierda, estaba nerviosa y esperaba a alguien. Posteriormente había sorprendido a un hombre maduro, de pelo canoso vigilándole. Por lo abultado de su sobaquera, era evidente que iba armado. Le había despistado el tiempo justo para llamar por teléfono a Mac adelantando la hora del partido de tenis. Luego, intentando localizar al personaje de nuevo, había salido a los aparcamientos y le habían golpeado y encerrado. Una rabia sorda comenzaba a inundarle por dentro. Eran demasiados golpes en una sola mañana. Se estaba desentumeciendo cuando notó pasos en la gravilla del aparcamiento. Alguien se acercaba a la furgoneta. Miró por el suelo, entre los diversos materiales encontró un madero y lo cogió para defenderse, y se agazapó tras los asientos. Pudo percibir una voz de hombre que ordenaba a alguien sentarse en el asiento del conductor. Era la morena de la cafetería. Ella permaneció inmovil mientras que el hombre de pelo canoso, nervioso subía en el asiento del copiloto. Amenazaba a la chica con un revólver, un 38. No fue consciente, lo vio todo rojo, la rabia acumulada había roto sus amarras. Golpeó con todas sus fuerzas con el madero al hombre de pelo canoso. Este cayó desvanecido y la chica comenzó a gritar. + - + - + - + - + - + - + - + - + - + Salí fuera a los aparcamientos, con la esperanza de ver aún a Igone. Al final, les vi justo cuando doblaban un recodo. Corrí para alcanzarles. El la llevaba sujeta por el brazo y en la otra mano un portafolios. Cuando logré llegar al recodo justo subían a una furgoneta. Luego escuché que ella gritaba y corrí hasta quedarme sin aliento al tiempo que escuchaba las sirenas de la policía que llegaba. No tenía otra cosa, asi que saqué mi pluma Parker, no era una maravilla de defensa, pero en última instancia a alguien podría pinchar con ella. Cauteloso me acerqué a la puerta de la furgoneta y me asomé. -Hola Mac.me dijo Somni sonriendo de oreja a oreja, y enseñándome el revólver. -Esta vez te me has adelantado repuse. En el asiento del copiloto permanecía inconsciente el hombre de pelo gris que acompañaba a Igone. Esta, estaba pálida, cuando me vió salió de la furgoneta y se abrazó a mi. -¡Mac, Mac ! ¡Cuanto miedo he pasado, como me alegro de que estés aquí! Yo no entendía nada, pero aquel abrazo me reconfortaba, me llenaba de un júbilo interior difícil de describir. Había olvidado los abrazos cálidos, los sinuosos brazos de Igone, su aliento cálido en mi cuello y de repente todo mi ser estallaba recordándo viejos tiempos en los que nuestros cuerpos se entrelazaban. Por un isntante fugaz volví a amarla con toda la ternura de la que era capaz. Mi dicha duró poco, varios Ertzainas vinieron a estropearla. + - + - + - + - + - + - + - + - + - + Cuando terminamos de prestar declaración eran ya más de las 11 de la noche, pero al menos disponía ya de todos los trozos del rompecabezas y estos encajaban. Igone había llevado una vida cómoda al lado de su adinerado marido. Sin embargo cuando comenzó la crisis de los cupos de pesca, las cosas empeoraron. Adrián Sorozabal no había tenido escrúpulos y comenzó a destinar parte de sus medios al tráfico de drogas, en poco tiempo se había convertido en un verdadero capo. Su negocio conservero, en plena costa le ponía en un lugar privilegiado para la recogida y distribución de los cargamentos que llegaban por mar. La fábrica serviá también de tapadera para blanquear el dinero así obtenido. Igone tardó en descubrir lo que ocurría y cuando casualmente lo hizo trató de convencer a su marido de que abandonase aquel camino. Pero Adrián Sorozabal estaba ensoberbecido, nunca había manejado tanto dinero y de forma tan fácil como en aquel momento. Por otra parte se sentía poderoso respaldado por los grandes cartels de la droga. Todo lo compraban, todo lo imponían. Igone aguantó, hasta que un trabajador de la fabrica apareció muerto en una carretera secundaria, con varios tiros en la cabeza. Ella había visto como se reunía aquel mismo día en el despacho de su marido y le pedía explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo en la fábrica. Una lata de bonito de tres kilos había reventado y en su interior, entre el aceite, había encontrado una bolsa de polvo blanco. En ese momento Igone fue del todo consciente del peligro que corría su propia vida, y se decidió a defenderla. Poco a poco reunió a escondidas documentación suficiente que ponía de manifiesto las actividades de su marido. Y comenzó a preparar la entrega de los documentos a la Ertzaina. Directamente no podía hacerlo sin implicarse y sin pagar posteriormente las consecuencias. Tenía relaciones y así contactó con la Agencia de detectives Elicegui. Se sentía controlada, observada Su marido era evidente que desconfiaba de ella. Era aficcionada a internet, por las noches se conectaba, buscaba páginas web exóticas, chateaba Se le ocurrió utilizar el chat de Bilbaoweb para estar en contacto con su el detective de la Agencia. De esa manera, su actividad pasaría inadvertida. El día anterior y mediante el chat, había puesto una cita en la cafetería del Club de Campo con su contacto, para entregarle toda la documentación. De alguna manera su marido se había enterado, la había seguido. Adrián en un primer momento pensó que Somni era el contacto de su esposa, por eso lo estuvo controlando y siguiendo por el club. Al verlo cerca de la furgoneta, aprovechó la oportunidad y lo dejó maniatado dentro. Al no encontrarle encima los documentos había regresado al club, sorprendiendo a Igone cuando entregaba los documentos al verdadero detective. Lo siguió, y lo golpeó recuperando el portafolios, luego fue en busca de su mujer y con amenazas la llevó hasta la furgoneta, donde Somni desbarató sus planes. Somni estaba feliz. Había resuelto la situación, era el héroe del día. Para celebrarlo nos dirigimos a tomar una copa hasta un pub de Mazarredo. Igone no dejaba de agradecer a Somni su valentía, de elogiar su bravura y decisión. Somni se dejaba querer mientras se liaba un peta. A Igone le brillaban los ojos, y de forma natural acariciaba los musculosos brazos de Somni mientras le hablaba. Aquella noche ya había elegido su presa, y nadie podría impedir que la cazara. Pensé por un momento en aquel instante fugaz cuando me abrazó en el aparcamiento, y pensé en la veleidad de los amores que mueren, que ya jamás resucitan. Pensé también en la volatilidad del alma de mujer, tan etérea, tan caprichosa Apuré de un trago mi whisky. No me despedí de ella. En un momento en que crucé mi mirada con la de Somni, le guiñé un ojo y sonreí. Salí a la calle
y encendí un cigarro. La noche era fría y mi alma estaba
herida sin razón. Deambulé por las calles desiertas, buscando
las sombras cómplices, reflexionando sobre lo que a veces es la
triste condición humana. |
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En Bilbao, 25 de Diciembre de 2.000 a las 6:00 a.m., mientras apuro un whisky y reflexiono sobre la triste condición humana que nos lleva siempre a echar de menos a quien no deberíamos
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