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He soñado un
sueño que soñaba,
y lo peor era que al despertarme
seguía soñando.
He soñado que
el amor era posible,
que entre millones de combinaciones,
entre millardos de posibilidades,
todo lo necesario encajaba.
Y lo terrible, era que al despertarme
lo seguía
soñando.
He soñado que
la amistad podía ser sincera,
que existían sensibilidades desinteresadas,
favores sin factura a fin de mes,
hermanamientos sin cambalacheos.
Y el drama continuaba,
porque al despertarme lo seguía soñando.
He soñado un
imposible sueño,
en el que este
mundo podía cambiarse,
podíamos
cambiar todos y entendernos,
podíamos
ser felices en nuestros sueños.
Y lo peor al
despertarme era que lo seguía soñando,
implicándome
por lograrlo,
siendo castigado
por soñarlo.
He soñado que
soñaba,
un sueño oscuro,
donde el dolor y el egoismo nos embrutecen,
nos convierten en lo que no somos,
nos hace comportarnos como no queremos,
y luego lo lamentamos.
Y al despertarme
me dolía saber,
que sabiéndolo,
no había
podido hacer nada por evitarlo.
He soñado que
soñaba,
con la soledad del caminante,
que va abriendo camino,
que siempre va delante,
que no puede cambiar lo que queda atrás,
que sólo
puede seguir caminando.
He soñado
que podía deshacer lo andado,
que podía
volver a caminarlo,
corregir errores
y también perdonarlos,
y al despertarme
lo seguía soñando.
He soñado un
sueño terrible,
he soñado con una pena,
en el que pretender ser justo,
en el que los mejores valores,
las mejores intenciones,
al final nos condenan.
Pero lo más
doloroso era,
que al despertar
sabía,
que jamás
podría,
renunciar a
seguir soñando.
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