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DE PASIONES Y PRINCESAS (1)

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—"¿Quisiera usted decirme qué camino debo tomar para irme de aquí?

—Eso depende, en mucho, del lugar a donde quiera ir —respondió el Gato.

—No me preocupa mayormente el lugar… —dijo Alicia.

—En tal caso, poco importa el camino —declaró el Gato.

—…con tal de llegar a alguna parte —añadió Alicia, a modo de explicación.

—¡Oh! —dijo el Gato—: puede usted estar segura de llegar, con tal de que camine un tiempo bastante largo."

Lewis Carroll, en "Alicia en el País de las Maravillas"

 

 


CAPITULO 1. LA PRINCESA

 

Estaba amaneciendo. El local, el Highlands Tavern, aparecía tranquilo tras una larga noche de vigilia. Había sido una fiesta larga, de las que por la mañana, a pesar del cansancio y la resaca, dejan buen sabor de boca. Devil miraba el mar por la ventana, más allá de la terraza del local. Su pelo negro y algo rizado aparecía escrespado y despeinado. Su tez morena hacía pasar desapercibidas las ojeras. A pesar de la hora y los tragos de la noche, seguía teniendo la mirada tranquila e intensa de siempre, como mirando a lugares que no se podían ver a simple vista. Se sentía cansado, quizás por los excesos de los últimos meses.

No lograba quitarse la sensación de entumecimiento y de desidia; esa sensación producida por el exceso de tabaco y de alcohol y la falta de ejercicio. Incluso estaba empezando a echar algo de abdomen. Era preocupante y debería ponerle remedio pronto. Se levantó pausadamente desperezándose...

Su acompañante, una pelirroja de pelo corto y cuerpo menudo, hacía rato que dormía apoyada sobre la mesa, al igual que muchos de los que habían aguantado el tirón de toda la noche bailando, riendo, cantando, hablando y bebiendo.

Devil salió a la terraza y comprobó que no hacía mucho frío a pesar de ser ya finales de otoño. El mar seguía ahí, abajo, tras la playa, ronroneando su amable canción apaciguada, melancólica, eterna...

Fue un deseo repentino, se descalzó, se remangó los pantalones blancos, y así, con sólo la camisa encima, enfrentó las escaleras que le llevaban a la playa de Sopelana. Devil bajó las escalinatas despacio, sin prisas, procurando evitar la gravilla y orografía áspera de las escaleras de cemento hasta llegar a la arena…

No lo dudó y recorrió el trecho que le separaba de la orilla, pausadamente, pero seguro de lo que hacía, hasta que el mar mojó sus pies descalzos. Iba decidido, y continuó caminando hasta que el agua cubrió sus tobillos. Estaba helada, pero tras la primera impresión se estaba bien.

Comenzó a pasear por la orilla recreándose en esa primera luz del día, íntima y complice del sueño… sólo suya, sólo para sus ojos y pensamientos. Perdió la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba allí paseando, escuchando la mejor sinfonía, la del agua, la de las olas amigas del amanecer contra su piel mientras paseaba por la arena, cuando sonó su móvil un instante y de inmediato dejó de sonar sin darle tiempo a mirar quien llamaba… Ni siquiera llegó a sacarlo.

Suspiró y siguió avanzando por el agua bordeando la orilla… Se le veía melancólico, tranquilo, ensimismado en sus pensamientos… Las manos en los bolsillos y la vista perdida en algún lugar muy lejano… Sonó de nuevo el teléfono y con parsimonia lo sacó del bolsillo… No miró quien llamaba, sólo se lo acerco al oído y constestó:

-¿Sí?

-Hola Devil…

-¿Quién eres?

-Soy Anabel, ¿te acuerdas de mí?

Devil se quedó pálido por un instante…, en silencio… Se paró mirando de frente el mar, incrédulo mientras las olas rompían contra sus piernas empapándole el pantalón…

-Sí, si que me acuerdo… Dime… —dijo Devil aún sorprendido e inquieto.

-Pensé que ni siquiera me cogerías el teléfono… —continuó Anabel

-A nadie le niego el hablar, ni siquiera a ti… Te escucho… —matizó Devil.

-Lo siento… no supe qué hacer y tomé el camino más fácil… —se justificó Anabel.

-Para tí el más fácil, para mi el más doloroso… —apuntó Devil.

-¿Alguna vez me perdonarás? -dijo Anabel con voz cariñosa.

-Para ser perdonado es necesario sentirlo de corazón, y dudo mucho que tu seas capaz… Sé que no has llamado para hacerlo, no tienes ni el valor ni la moral suficientes, ¿qué quieres de mí?

Devil estaba rígido en la playa, no se había movido del lugar desde que contestara la llamada. Miraba a lo lejos, donde el mar se convierte en cielo y el cielo se convierte en eternidad, pero no veía nada… De repente había vuelto a recordar sueños, imágenes de otros tiempos, la felicidad a un paso que no supo hacia dónde dar… y luego el dolor sin ningún tipo de explicación ni de consuelo, un dolor profundo que atenazaba su corazón, la soledad más absoluta, el desaliento total sin que nadie se lo justificara…

Devil y Anabel habían sido novios tiempo atrás, habían salido juntos de manera muy atípica, y de manera atípica se habían querido. O al menos eso pensaba él... Un día, ella de improviso, cuando él sólo pensaba en reconciliarse tras un enfado, rompió de repente la relación con justificaciones pueriles. Era evidente que tenía prisa por romper y se le notaba… Devil se sintió desconcertado, no supo reaccionar, pensó que sólo sería una continuación de su enfado… A partir de entonces ella no quiso volver a verle, ni a darle ninguna explicación. De repente, ella si tenía decidido lo que quería. Cuando hablaron por teléfono no había nada coherente en la conversación, había mentiras, datos que faltaban…

Devil también perdió la compostura en alguna de aquellas conversaciones, se deshaogó diciendo cosas que no sentía y que, por dignidad, no debería haber dicho nunca. No era su estilo ni su forma de ser. Pero estaba hecho y no había marcha atrás…

Todo se derrumbó en un instante y Devil también… ¿Cómo no sentirse hundido cuando alguien en quien confías ciegamente te niega hasta la menor explicación? —pensaba Devil.

Tiempo después, se enteró que ella se había encaprichado de otra persona y no fue capaz de enfrentar la situación, de ser franca, de contárselo…

Cerró la puerta incluso de una posible amistad…Tampoco fue capaz de hacer absolutamente nada por evitarle dolor… Esa era su manera de sentir y de amar, al desnudo, lo que realmente llevaba dentro, nada…

Le dejó sin explicaciones, sin la menor sinceridad, en la más absoluta soledad… Atrás quedaban, estériles, multitud de noches de insomnio en las que él trataba de aplacar las depresiones que a ella le impedían dormir, sus fantasmas del pasado y del presente, sus demonios interiores... A ella tambié la habían dejado del mismo modo, una y otra vez, sin explicaciones y todo parecía ser una venganza pueril. Una venganza injusta y equivocada.

Devil había pasado con ella multitud de horas tratando por todos los medios de elevar su ego, su autoestima, de ayudarla a valorarse a sí misma tras una y otra derrotas amorosas, derrotas de su alma herida que le impedían mantener ni a un sólo amigo que no fuera por conveniencia… Numerosas noches y días viviendo para hacerla sentirse mejor. Creyendo que era alguien que merecía la pena, que era alguien realmente especial…

El, que había conocido a muchas mujeres en su vida, que tenía una gran facilidad para establecer relaciones, jamás se había entregado tanto a ninguna mujer, ni había entregado su confianza a nadie así… Entre todas había elegido a Anabel.

Y mientras ella, en un instante, no dudó en herirle de la manera más cruel, negándole la menor explicación, como si nunca hubiera existido, como si no fuera más que un pañuelo con el que quitarse los mocos, y que después se tira con desprecio… Incluso, en un momento de vanidad y autosuficiencia, Anabel, ayudada por otra persona, llegó a inmiscuirse en sus negocios, mezclando asuntos personales con asuntos de trabajo….

Y esas heridas nunca se cierran. Antes o después pasan factura y Devil lo tenía muy asumido. Pensaba que las deudas siempre deben pagarse, a toda costa, y deben también cobrarse.

Devil jamás se lo perdonaría. Prefirió dejarle a oscuras, en su dolor sordo y eterno sin mover un sólo dedo por evitárselo. Simplemente se había aprovechado de él.

Pensaba que estaba enamorado de un alma limpia y sincera, y de pronto se encontró con una persona falsa y embustera incapaz de sentir nada por nadie excepto por sí misma…

Tardó mucho en darse cuenta de que, en realidad, lo ocurrido era inevitable. Durante mucho tiempo había visto cómo Anabel mentía permanentemente a su familia, a sus conocidos, a todo el que la rodeaba siempre que le interesaba, siempre que de algún modo le convenía… Tan absorto y confiado estaba con ella, que no se paró a pensar que también le llegaría su turno… Por algo, en la primera época de su relación, sus amigos más allegados, menos ciegos que él, la apodaban "La Rata" en sus conversaciones.

Devil estuvo a punto de derrumbarse, se vino abajo y durante mucho tiempo buscó refugio en el alcohol… Sólo gracias a una chispa de autoestima, que logró encontrar en algún lugar, logró superarlo pero a costa de volverse cínico y desconfiado como nunca antes lo había sido… Del mismo modo que cuando nos hacen bien nos hacemos mejores, cuando nos hacen daño aflora todo lo malo que llevamos dentro. Nunca antes nadie le había golpeado tan fuerte y fue para él la peor época de su vida…

Durante mucho tiempo pensó que la odiaba, pero de eso no era capaz. Era incapaz de odiarla, del mismo modo que de hacerla daño de ningún modo directo. Sólo quería entender, calmar el dolor que aún sentía y para siempre sentiría dentro de sí.

Sacar la daga que aún permanecía clavada en su corazón causándole dolor y evitando que la herida cicatrizase… Nada ni nadie salvo ella podía sacarla y aplacar su rencor. No podía entender que alguien fuera capaz de hacer daño de manera tan cruel y premeditada, con tanto desprecio, de manera gratuita, y eso le torturaba.

Devil se había propuesto, que a lo largo de su vida, conseguiría que ella viviera un mes como el que le había hecho vivir. Sólo deseaba eso. A veces era un deseo obsesivo… Pero sólo entonces su alma se apaciguaría...

Y ahora de nuevo escuchaba su voz, y sentía que su rencor se difuminaba…

Por una parte lo deseaba, pues era una herida abierta que aún seguía sangrando, y deseaba poder ponerse en paz con Anabel, darle la oportunidad de explicarse, zanjar para siempre la situación de modo que su corazón expulsara la tristeza y el terrible rencor que aún habitaban en él y que para siempre le acompañarían… Y esa llamada podía ser una llamada a la cordura y a la esperanza… Por otra parte, tenía miedo, volvía a sentir el sufrimiento que casi había olvidado, su alma volvía a sangrar y no sabía si merecería la pena…

Sin previo aviso, el cielo se encapotó. No tardó en ponerse a llover. Devil, pegado al móvil, con la cabeza erguida, seguía en el agua mientras la lluvia le empapaba.

—Te necesito.—Siguió Anabel.

—¿Qué te ocurre? — contestó Devil.

—Será mejor que nos veamos y te lo cuento… Si quieres… —concluyó Anabel.

—No creo que sea buena idea. No tenemos nada de qué hablar. —dijo Devil traicionando su corazón.

—Por favor…—las palabras mágicas. Anabel le conocía bien, sabía que no podría negarse.

—¿Dónde quieres que nos veamos? —respondió Devil con voz resignada.

 

Anabel provenía de una familia acomodada, pequeña burguesía industrial de una ciudad, en la que la industria iba, poco a poco, dejando su espacio al negocio de los servicios y a las nuevas tecnologías. Había crecido en un ambiente de personajes en declive, rancios, que vivían más del pasado que del presente, algo que no entendían y que intentaban interpretar con valores caducos, que hacía mucho tiempo habían quedado en desuso por injustos. La apariencia lo era todo y para mantener la apariencia, el engaño, el desprecio por los demás y el egoismo más exacerbado eran herramientas imprescindibles. Era la lucha del pasado por su supervivencia en el presente.

El poder de los apellidos, de las costumbres y tradiciones elitistas, no valían nada si no iban unidos a una fortuna. Era el quiero y no puedo de una época y unos seres incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos. Así pues, Anabel con una educación tradicional, muy conservadora, aún siendo inteligente, daba tumbos entre dos mundos durante mucho tiempo, pasando en sus relaciones de la manera más natural, de la ternura, la franqueza y la sensibilidad, al cálculo y egoismo más sangrantes. Intuía que la vida debía ser de otra manera, pero su educación y la influencia rígida y dominante de su entorno la vencían una y otra vez llevándola al fracaso y, a veces, a la desesperación más absoluta. A una depresión tras otra de la que, por aquel entonces, sólo Devil lograba sacarla…

Necesitaba ser independiente, pero le habían sido negados los instrumentos y la educación necesarios para serlo. Era un pez de acuario, de repente inmerso en las profundidades del mar...

Era la descendiente de una casta que, mucho tiempo atrás, formó parte de la élite dominante, y que estaban condenados a vivir, en el futuro, del fruto de su trabajo gris y cotidiano, pero que luchaban por conseguir una mejor posición a cualquier precio… Gente sin moral y, sobre todo, sin ningún escrúpulo.

A pesar de todo, logró tener la suficiente lucidez para, aprovechando el apoyo económico de su familia, las relaciones que aún podían utilizar, su experiencia en importación y su instinto y buen gusto para las joyas, para poner un pequeño negocio de importación y distribución de piedras preciosas.

A veces, Anabel se quedaba ensimismada en su oficina, cuando sus dos empleados se habían marchado, mirando los diamantes, zafiros y esmeraldas que tanto la deslumbraban y que sabía, que sólo momentáneamente podría disfrutar, mientras duraba la transacción, de la compra hasta la venta y entrega al taller de joyería que se las había pedido. Por alguna razón que aún no entendía, ella que había sido creada para disfrutar de todas las cosas hermosas de la vida, por encima de todos los demás mortales, sólo podía aceder a algunas de ellas y de manera temporal, etérea…

Su oficina, aunque situada en un antiguo edificio del centro de Bilbao, era pequeña. Apenas tres huecos que eran utilizados como recepción en la que Beatriz, una telefonista y administrativa atendía las visitas, llamadas y contabilidad con un viejo IBM. El despacho de Anabel decorado con muebles de madera de estilo clásico pero con buen gusto, y el despacho de Tomás, que era quien se encargaba de la recepción y entrega de los pedidos, de la seguridad y de cualquier capricho de Anabel.

 

 

Por alguna razón que Devil desconocía, la cita fue en Castro Urdiales. El local, El Submarino Café, un restaurante de comida rápida durante el día, Pub durante la noche, estaba decorado realmente como un submarino. Podían verse las cañerías por todo el techo, algún que otro torpedo sobre la barra y hasta un periscopio en medio de la pista de baile. De vez en cuando, una terrible sirena anunciaba a los presentes una inmersión inmediata…

Devil se acomodó en la barra. Eran las 9.00 de la noche, el momento ideal para pedir un bourbon. No había cenado y no tenía hambre, así que el primer trago, tras atravesar abrasando su garganta le golpeó muy duro en el estómago. Sabía que sólo era eso, el primer trago. Estaba nervioso. Iba a verla después de mucho tiempo, después de todo lo que había pasado. Y a pesar del bourbon, o quizás debido a él, sentía un inmenso ahujero en el estómago…

Se debatía entre los buenos sentimientos que albergara en otros tiempos por ella, y el odio que traían a su corazón las imágenes y acontecimientos relacionados con su ruptura. Algo, le seguía doliendo desesperadamente muy dentro…

Ella llegó puntual, como siempre lo hacía. Era de pequeña estatura y tez clara. Una melena rubia y lisa, de color natural, coronaba su rostro de princesa. Sus labios delgados dejaban a la vista unos dientes blancos y bien alineados en cada sonrisa. Sus ojos eran también claros, verdes y limpios, y a veces tenían un brillo especial. El brillo de la ilusión, quizás algo bueno que aún quedaba en ella y que de vez en cuando asomaba por sus pupilas.

Devil en otra época se sentía feliz cada vez que se podía mirar en ellos, se le alegraba el alma. En conjunto daba una falsa imagen de candidez e inocencia de la que, difícilmente podían huir sus presas.

Se la veía igual que siempre, disimulando sus emociones y debilidades con una porción de arrojo en sus ademanes, como si de verdad se sintiera segura de todo lo que hacía…

Se acercó a donde estaba Devil…

-Hola… —le dijo.

-Hola. —Respondió Devil.

-Estás como siempre…

—A ti se te ve un poco más mayor. —Devil no pudo evitar intentar zaherirla, pero enseguida se arrepintió.

La veía igual que siempre, con su cara de angel tras la que jamás hubiera podido sospechar que se encontraba un ser tan despreciable como le había demostrado ser.

Si no fuera porque se esforzaba por recordar permanentemente los acontecimientos ligados a su ruptura, lo que avivaba su dolor, hubiera caído rendido de nuevo a sus pies, bajo el brillo de sus ojos. No obstante, pudo mantener la compostura.

—El tiempo pasa… —dijo Anabel sonriendo levemente y encajando el despropósito.

—Sí, es verdad. Pero para unos peor que para otros. —contestó Devil.

—Ya te dije por teléfono que lo sentía… —volvió a decir Anabel, como incomodada al recordar.

—Sí, es cierto. Pero yo también te dije que no te creía y sigo sin creerte. No me has llamado por bondad ni para cerrar antiguas heridas. Me has llamado porque me necesitas y estoy aquí sólo por curiosidad.

—Sabes que me dedico a la importación y venta de piedras preciosas… —comenzó a narrar Anabel cambiando arbitrariamente de tema.

—Algo he oído… —respondió Devil.

—El negocio marchaba regular, lo justo para mantenerlo y poco más… —siguió Anabel mientras su rostro se entristecía.

Se sentaron en una mesa. Devil pidió otro bourbon, ella un botellín de agua que, como casi siempre, no llegó a abrir…

El negocio de la importación de piedras preciosas no daba mucho de sí. Las grandes compañías se llevaban la parte del león, dejando a pequeñas empresas como la de Anabel sólo las migajas del pastel. De repente Anabel había visto una oportunidad de dar un gran salto. Cobraba por anticipado los pedidos que le hacían las joyerías y talleres, y estos tardaban en materializarse en torno a un mes. Eran pedidos no demasiado importantes, pero variados.

Había aparecido un cliente especial. Un cliente final, sin intermediarios. Un nuevo rico, multimillonario ligado al boom de los negocios de internet. Quería una piedra especial, un diamante único, una princesa de 12 kilates tallada por los mejores artesanos de Amberes. Debía ser engarzada en un broche de oro blanco para su joven esposa. Anabel trató de convencerle de que un diamante de esas características debía ser tallado en otra forma, quizás en óvalo para aprovechar bien sus cualidades. No obstante, el comprador estaba determinado, debía ser una princesa.

El pedido era multimillonario y Anabel no podía ni discutir ni dejar pasar la oportunidad. No podía reunir los suficientes fondos para su adquisición ni aún pidiendo prestado ni hipotecando todos sus bienes que no eran muchos, pues aunque cercana a los 30 años, seguía dependiendo de sus padres. Así que decidió utilizar los anticipos cobrados a sus clientes para aquirir el diamante. Una semana de retraso podría justificarlo plenamente sin problemas, y eso le daba margen para hacer toda la operación. El nuevo rico pagaría al contado a la entrega de la joya, así que todo iría sobre ruedas.

—Al ir a entregarle la princesa al cliente, ésta ha desaparecido. Necesito que la encuentres antes de una semana o estaré hundida. Incluso puedo ir a la cárcel Devil. —dijo Anabel.

—Lo siento, pero no me interesa el asunto. Recurre a la policía… —dijo Devil rencoroso.

—No puedo recurrir a la policía dadas las circunstancias… —y mientras Anabel lo decía ponía cara conpungida.

—Lo siento, no quiero saber nada de este asunto… —Devil se sentía dolido. Una vez más ella quería utilizarlo, y esta vez en un asunto turbio.

—Te pagaré bien, un porcentaje del valor de la piedra, pueden ser millones… —dijo Anabel casi suplicante.

Devil se la quedó mirando, y por fin dijo…

—Anabel, ni por todo el oro del mundo te ayudaría. Sabes que no trabajo por dinero, no lo necesito. Y es un asunto turbio en el que no me quiero mezclar. No te debo nada, ni siquiera un poquito de consideración, puesto que tú tampoco la tuvistes conmigo y no me voy a implicar en esto… Lo siento...

Devil se levantó para marcharse...

—Devil…

—Dime… —respondió Devil.

—¿Te acuerdas de Tomás? —dijo Anabel.

—¿Tomás Uriarte? Sí que me acuerdo, ¿por qué? —Devil se volvió hacia ella con curiosidad…

—Trabajaba para mí, era quien llevaba la piedra al cliente y desapareció hace dos días junto con ella, pienso que le ha ocurrido algo…

 

 

Devil recordó a Tomás. Su viejo amigo de la época oscura, de la lucha clandestina. Cuando expresar y defender una idea diferente podía llevarle a la cárcel, al exilio, a la muerte… Tomás fue un leal compañero de Devil durante muchos años y juntos pasaron penalidades y sufrimientos, juntos miraban al futuro con esperanza… Era un ser noble y de alma espléndida, incapaz de albergar el menor de los odios, el menor de los egoismos, de los rencores… Estaba dispuesto a entregar su libertad, su vida si hacía falta por mejorar la vida de los demás… Y siempre consciente de que no iba a recibir nada a cambio.

Juntos recorrieron mucho mundo y muchas ilusiones hasta agotarlas en sí mismas. Tomás, en su sencillez era un ser maravilloso, un ser de los que, cualquiera que le conociera, diría de él que era buena persona… Era la personificación de un ser de otro tiempo que vendrá, en el que el egoismo no será más que un concepto del pasado, como ahora lo puede ser para nosotros las luchas tribales por la supervivencia…

Le debía mucho… le debía hasta la vida en un momento en que, atravesando la frontera por un paso de montaña, estuvo a punto de perder su vida congelado para salvar la de Devil… Tom era un luchador nato, nadie hubiera podido quitarle la princesa fácilmente.

—Debía encontrarse con el cliente en un chalet de Santillana del Mar…—continuó Anabel.

Anabel de nuevo jugaba con las cartas marcadas, sabía que Devil estaba atrapado, que podría utilizarlo, que no dejaría en la estacada a Tomás…

 

 

Mientras conducía en la noche, camino a Santillana del Mar, Devil odiaba con toda su alma a Anabel. De nuevo se salía con la suya, de nuevo le utilizaba como probablemente había utilizado antes a Tomás…

La noche era negra y algo oscuro anidaba y tomaba posesión de su alma. No quería verla, no quería tener ninguna relación con ella…

Por un instante había pensado que quizás el remordimiento, algo de honestidad sacado de un lugar olvidado de su recuerdo, había motivado la llamada de Anabel, que quizás quería apaciguar su alma, que quizás un pequeño destello de dignidad, valor y generosidad habrían surgido en su corazón, llevándola a intentar corregir parte del daño que había causado…

En lo más profundo de su interior había deseado equivocarse, que Anabel le explicara de algún modo que estaba equivocado, que ella no era tal y como se había mostrado. Había esperado sin confesárselo a sí mismo la explicación que nunca hubo ni habría…

Y en aquel momento deseó más que nunca su sufrimiento, verla destruida y sola, mientras que únicamente las estrellas eran testigas mudas de la humedad que, muy a su pesar, luchaba por tomar posesión de sus ojos…

(Fin del primer capítulo)

 

El amanecer desde el interior del Highlands Tavern, con el mar de fondo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Devil echó una ojeada al Highlands desde la playa, nadie le echaba en falta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La playa de Sopelana aparecía desierta. Ni siquiera los surfistas embutidos en sus trajes de neopreno habían aparecido aún

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Cuando Devil entró en el Cafésubmarino, éste aún estaba casi vacío. Anabel no había llegado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Anabel intenta que Devil se implique en sus asuntos

Febrero de 2.002

 

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