|
|
LA JOYA |
|
|
Era una de esas noches en las que la alta temperatura y la llovizna se hacen verdaderamente insoportables. Nadie que pudiera presumir de estar en su sano juicio se encontraría fuera de casa en aquellos momentos, y sin embargo, allí estaban tumbados sobre un terreno que poco a poco se iba convirtiendo en una especie de barrizal. El rondaría los treinta y cinco años. Se arrastraba por aquel lodo como si lo hubiera hecho toda la vida y había algo en su mirada que trasmitía cierta tranquilidad, como si estuviera muy seguro de lo que estaban haciendo. Ella con algún año menos, peleaba en cada metro contra aquella lluvia pegajosa y maloliente que le obligaba a mantener la cabeza mínimamente separada del suelo para evitar aquel olor putrefacto, lo que le producía un terrible dolor en el cuello. Estaba calada hasta los huesos y su mirada, al contrario que la de su compañero, mostraba una desolación tremenda. -¡ No se como has podido convencerme de esta locura! -exclamó ella- -¡No vuelvas a decir eso! -le reprochó- sabes perfectamente porqué estamos aquí. -¡Si! porque te sientes culpable de algo de lo que no eres -contestó rápidamente- -Yo, tu y todos. Todos somos culpables de lo que pasó. No supimos reaccionar a tiempo. Y lo que no hicimos por él, lo vamos a corregir hoy mientras podamos. -¡No se de que sirve esto! -sollozó la mujer- -Creí que ya lo habías comprendido -dijo él apretando los dientes- al menos sabrá que es verdad todo lo que le contamos, que no le mentimos, quizás le sirva de esperanza y ocurra el milagro...
De pronto y tras unas rocas apareció ante ellos un gran vallado metálico. El sonrió por primera vez, como si aquella visión fuera lo que hubiese deseado toda la vida. Se sentó contra la valla y ella le acercó unas tenazas. Cortó no sin gran esfuerzo un pequeño trozo de valla y le miró a ella: -Cuando el faro del vigilante pase por aquí, tendremos cuarenta y cinco segundos hasta que vuelva a iluminar esta zona. Primero iré yo, deja pasar dos o tres veces el haz de luz y si ves que no tengo problemas, ve rápido hasta el edificio. Si vieras que me han descubierto, revienta corriendo hasta que estés a salvo, ¿lo has entendido? -le inquirió-. Ella hizo algo parecido a un gesto afirmativo en su cara de miedo. El hombre llegó primero y a los dos minutos apareció ella sudorosa y jadeante. Entraron por una ventana y recorrieron en silencio un largo pasillo hasta la sala principal. Estaba iluminada por unos reflectores amarillos y cálidos. Recorrieron todas aquellas vitrinas de techo ovalado y ella sin pensárselo dos veces señaló una de ellas. La miraron hipnotizados, se diría que aquel color tan brillante cegaba sus ojos. Les pareció lo mas bello que habían visto en su vida.
Como autómatas, pusieron una ventosa contra el cristal y con un corta diamantes, hicieron un agujero pequeño aunque suficiente para sacarla. La guardó con mimo en su mochila y la cerró. -¡ Vamos hay que salir de aquí! -dijo el como despertando de un hechizo- Salieron al exterior, caminaron veinte metros y al doblar el edificio, maldijeron su suerte. -¡Eh vosotros!, ¡Alto ahí! -les gritó una patrulla- Con el paso cortado, corrieron instintivamente en dirección contraria, con la esperanza de poder saltar la valla y perderse en aquel yermo paisaje. Las luces, sirenas y alaridos les hacían sacar fuerzas de donde no las había. Ella inicio la escalada de aquellos interminables cuatro metros cuando el cayó al suelo. -¡Corre! -le gritó sin fuerzas- Un gran perro negro le sujetó la pierna y sacudió su mandíbula con furia. -¡Aghh! -gimió de dolor él- Ella se dejo caer de la valla y se puso las manos contra la cara consciente de que todo había terminado. Una nube de luces, ruido de fusiles y órdenes les rodeó de repente. Los focos que les apuntaban les impedía ver a sus captores. Uno de ellos se acercó, le arrebato de un tirón su mochila y extrajo de ella una pequeña maceta que contenía una flor violeta. -¿Quien os paga?, ¿Con que fin habéis robado en esta reserva? -interrogó un vigilante mientras les encañonaba- -Nadie nos manda. -contestó-. Mi hijo de ocho años se está muriendo. Nació con las malformaciones respiratorias con las que están naciendo la mayoría de los niños, por respirar ellos y sus madres esta atmósfera nauseabunda, sin plantas, sin vida en ríos y mares, con la mayoría de las especies extinguidas. Se secó el sudor con la manga y cerró los ojos. -Le acaban de extirpar un pulmón. -dijo entreabriendo los ojos-. Los médicos le han dado tres semanas de vida, un mes como máximo. Le encantan las historias que le contamos de cuando eramos pequeños, de la hierba fresca, de cuando subíamos a árboles y comíamos sus frutas, del colorido de los campos, de... -Tan solo queríamos que viera una flor -interrumpió ella mientras lloraba-. Que muriera sabiendo que es verdad todo lo que le contamos: que hace mucho, esto era un lugar maravilloso, un paraíso donde los niños vivían sanos y felices. -Sabéis que nadie se cree lo de esas máquinas que irán purificando el aire artificialmente -les dijo fijando la vista en los focos- ni que en estas reservas reproduciréis las plantas y las replantareis. Esa tierra contaminada de ahí fuera quema todas las raíces que toca. Fuimos sus verdugos y ahora queremos ser sus salvadores, ¡que ironía!. No hay vuelta atrás, sabéis que no hay solución. Sólo intentáis mantener una esperanza en la opinión pública. Hemos roto el pacto verde que manteníamos con el planeta que nos daba vida y lo pagaremos caro. Todos fuimos culpables y todos lo pagaremos.
|
|
|
[Ir a BILBAOCHAT ahora] [volver al inicio del Rincon de Ibai]
ibai@bilbaoweb.com ICQ: |
|
|
|
|