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Esa mujer todo lo
mira.
Las calles empedradas cuesta arriba,
la mañana soleada iluminando el caserío,
los pasos persiguiendo
los aromas de jazmín
que se deslizan entre los tejados
y los limoneros florecidos enardeciendo la sonrisa
de aquél barrio blanco como la nieve y el azahar.
Ella todo lo observa.
Las antiguas paredes bordadas de leyendas,
historias interminables que se adhirieron
en la filigrana de los mosaicos coloridos.
La sinfonía sensual del agua que fluye
para bañar los jardines donde quedaron prisioneros los
secretos.
Peregrina de ensueños bordea por el Darro,
Repasando el presente y el pasado,
reconstruyendo entre baldosas
la gloriosa existencia del señorío morisco
y la vívida gracia de la Granada de hoy.
Ella todo lo percibe.
La mágica combinación entre las viejas callejuelas
Donde se mezclan el apasionado bullicio de los bares
que vibran al compás de las notas del viejo reloj,
y la inolvidable melodía de Lara.
La multitud viviendo entre charlas y cervezas,
Entre aromas de tapas y café,
Manojos de romero, el verde del olivo,
Y allá afuera el dolor del cante jondo
Y los suspiros que se escapan de los Palacios
Nazaríes.
Esa mujer que todo lo presiente
Se detiene en el sosegado Paseo del Genil,
Que separa la presencia de la ausencia,
Levanta su rostro moreno
para sentir el fresco olor de la Sierra Nevada
que a lo lejos se levanta majestuosa,
y entre el murmullo del río donde la luna se refleja
y la esperanza palpita,
cierra los ojos para despedirse de su sueño.
M.
Luna Abril de 2.002
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